Lo que en otro tiempo compitió con el Finisterre gallego por ser el extremo más occidental del mundo conocido, hoy en día puede suponer todo un descubrimiento para aquel que busque viajar con tranquilidad, sin horarios estrictos y sin un rumbo fijo. Todas esas condiciones las encontrará en la zona más sureña y más occidental de la isla de Irlanda.

dingle

Foto: Flickr.com

Un buen punto donde establecerse durante unos días y que se convierta en la base de operaciones es la ciudad de Killarney. Este lugar rodeado de lagos y encerrado por montañas nos ofrece un amplio surtido de pubs y restaurantes, así como diversos tipos de alojamientos, de los que se pueden destacar algunas casas que nos ofrecen el popular B&B, Bed and Breakfast, o sea, cama y desayuno.

Lo ideal es haber alquilado un coche y atreverse a conducir por la izquierda. No hay que tener miedo, entre otras cosas porque vamos a encontrarnos muchas cosas durante el viaje pero casi siempre con un tráfico más bien escaso. También son escasas las señales indicadoras, así que es básico haceros con un mapa de la zona. Ése es parte del encanto del viaje, dejarse llevar por tu orientación y por tu intuición.

Efectivamente, no llegaremos por los caminos mas rápidos, pero tarde o temprano llegaremos a la magia de la Bahía de Bantry rodeada por la Península de Beara y el Cabo Mitzen, donde el faro Fastnet guió a los marinos que navegaban cerca de los acantilados del sur de la isla.

Con otra pizca suerte también descubrirás la espectacular Península de Dingle, las montañas de Macgillicuddy’s Reeks repletas de historias, o el funícular que nos lleva a la isla de Dursey donde te sentirás por completo a merced de las fuertes rachas de viento que llegan desde el océano Atlántico.

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